Mcallen, 10 de junio de 2026.- Cuando la neurocientífica Kelsey Baker oye el zumbido sordo de los aviones sobre su casa en el Valle del Río Grande, agarra a su perro y se apresura a entrar en casa. Ese ruido significa que han vuelto los aviones fumigadores, los que rocían con pesticidas los cítricos, melones y otros cultivos que rodean su urbanización.
Baker, profesora en la Universidad de Texas Valle del Río Grande (UTRGV), investiga la alta incidencia de Parkinson en la región. La científica vive en McAllen y trabaja en Edinburg, en el corazón de una zona agrícola de más de 10.000 kilómetros cuadrados regada por el río Grande, donde las viviendas y las escuelas están a menudo rodeadas por todos lados de cultivos.
Según investigaciones, más del 80% de los casos de Parkinson no tienen vínculos genéticos y probablemente se deben a factores ambientales. Los estudios han demostrado que las personas expuestas a pesticidas tienen un mayor riesgo de padecer la enfermedad. Aunque los trabajadores agrícolas corren un riesgo especial, la gente que simplemente vive cerca de las granjas también está en peligro.
Un análisis de la EPA sobre el herbicida paraquat reveló que podría desplazarse por el aire hasta 20 millas cuadradas desde el lugar de su aplicación, exponiendo a personas a niveles peligrosos. Este químico tiene uno de los vínculos más evidentes con el Parkinson. Mientras que el paraquat ha sido prohibido, eliminado progresivamente o retirado en al menos 74 países, su uso ha aumentado en Estados Unidos.
El Parkinson es actualmente el trastorno neurológico que más rápido crece en el mundo, y se prevé que afecte a más de 25 millones de personas en 2050.