Canterbury, 27 de marzo de 2026.- Sarah Mullally fue entronizada este miércoles en la iglesia de Canterbury como la primera mujer en liderar la Iglesia anglicana en su historia, un hecho que marca un hito para la comunión cristiana tras siglos de exclusividad masculina en el cargo. La ceremonia, realizada en la cuna espiritual del cristianismo en Inglaterra, contó con la presencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, así como de invitados de distintas religiones, incluyendo cristianos, judíos, musulmanes e hindúes.
Mullally, de 63 años, asumió formalmente como la número 106 en ocupar la posición de arzobispa de Canterbury, convirtiéndose en la figura central de una institución que agrupa a aproximadamente 85 millones de fieles alrededor del mundo. El evento alteró la tranquilidad del pueblo medieval al este de Londres, donde San Agustín de Canterbury comenzó a predicar en el siglo VI, aunque no despertó una gran atención de los medios británicos más allá de la cobertura del acto religioso.
Durante la investidura, rica en pompa y boato, la nueva primada recibió el báculo que simboliza su autoridad. La ceremonia quiso resaltar el carácter universal de una comunión que enfrenta desafíos internos, incluyendo el laicismo y tensiones con sectores conservadores, particularmente en África, donde ha crecido un movimiento opuesto a la ordenación de mujeres y al matrimonio homosexual dentro de la iglesia.
El nombramiento de Mullally representa la culminación de un proceso de apertura que comenzó hace doce años con la introducción de la ordenación sacerdotal de mujeres y continuó con su acceso al episcopado en 2015. Según datos de la propia iglesia, en Gran Bretaña solo un millón de personas son practicantes regulares, y de ellas, la mitad asiste a misa los domingos, mientras que la mayoría de los fieles anglicanos se encuentran hoy en Asia y África.
A pesar de las divisiones latentes y la reciente formación de la Comunión Anglicana Global por parte de grupos disidentes, el primer sermón de Mullally evitó tocar temas polémicos o mencionar directamente el cisma. La religiosa optó por un enfoque conciliador, típico del espíritu anglicano de evitar la confrontación directa, centrando su mensaje en la unidad y los valores compartidos de la fe sin entrar en detalles sobre las controversias doctrinales actuales.
Con esta entronización, la Iglesia de Inglaterra consolida un cambio estructural significativo al colocar a una mujer al frente de su máxima jerarquía, rompiendo una tradición establecida desde la escisión de la Iglesia de Roma en 1534. La presencia de dignatarias anglicanas en el evento evidenció el protagonismo que han adquirido las mujeres en la estructura eclesiástica en poco más de una década desde que se les permitió acceder al sacerdocio.